La imagen de ciudades desiertas fue todo un símbolo. La pandemia nos paralizó y reveló que esas calles vacías eran mucho más que una impactante fotografía. Detrás, no sólo una crisis sanitaria que amenazaba nuestra salud, sino una cascada de consecuencias económicas y sociales que reafirmaron la necesidad de centrar el foco en la importancia de la movilidad en nuestra vida.

Con la desescalada volvimos a movernos. Pero al igual que nuestros hábitos sociales y laborales cambiaron, las pautas para desplazarnos también. Descendió el uso de transporte colectivo, llegaron las restricciones al transporte público para garantizar el distanciamiento social, se disparó la micromovilidad y aumentó la preferencia por el coche particular por miedo a los contagios.

De este modo al proceso de conseguir una movilidad sostenible, que ya habían comenzado las grandes ciudades, se sumaban nuevos requisitos. Era necesario buscar el equilibrio entre sostenibilidad, salud, bienestar social y economía.

Los objetivos recogidos en la ODS cobraban así más fuerza y mostraban el camino a seguir en la planificación de las ciudades. Ciudades sostenibles, que preserven el medio ambiente, contribuyan a mejorar el bienestar, ahorrar tiempo, proteger nuestra salud e impulsar la economía. Ese es el gran reto de las ciudades.

 

Las personas ganan terreno a los coches

Es una cuestión de prioridades y de geometría. La mayor parte de la población se concentra en las ciudades. Las urbes acaparan también la mayor parte de los desplazamientos comerciales. Pero el espacio es limitado. Se trata, por lo tanto, de priorizar esos movimientos internos. De abrir las ciudades a la gente en lugar de planificarlas para el tráfico de vehículos. De facilitar esa convivencia entre peatón y transporte y generar nuevos espacios para mantener el necesario distanciamiento social.

¿Es posible? Ciudades como París, Milán, Copenague o Ámsterdam han demostrado que sí. Hay tantos modelos como urbes, pero en todas ellas los ciudadanos y la micromovilidad ganan terreno.

La alcaldesa de París decidió implantar la ciudad a un cuarto de hora con la ayuda del urbanista y profesor de la Unidad de la Sorbona Carlos Moreno. Un plan donde la proximidad y la sostenibilidad son los ejes. “La idea es hacer la vida urbana más agradable, ágil y flexible creando servicios de proximidad para todos», destaca el urbanista.

La utopía llevada a la práctica de una ciudad donde los barrios cuenten con todos los servicios a tan solo unos minutos a pie o en bicicleta. Barrios con espacio para vivir, comprar, trabajar, hacer deporte, disfrutar… Una planificación que permite recuperar lo que Moreno ha calificado como “tiempo útil” y al mismo tiempo mejorar la calidad de vida y el medio ambiente. Con un añadido más: impulsar la economía de proximidad.

 

Milán ha adaptado ese modelo de cercanía a su propia idiosincrasia. El gobierno de Milán diseñó un ambicioso plan de movilidad, el Strade Aperte con propuestas alternativas saludables y sostenibles que ponen el foco en peatones y en el fomento del uso de la bicicleta.

Para ello se incluyen nuevas zonas peatonales, áreas limitadas a 30 kilómetros por hora para reforzar la seguridad y 35 nuevos kilómetros de carril bici para conectar los distintos barrios potenciando la intermodalidad.

Strade Aperte incluye también un replanteamiento de los espacios públicos. El plan contempla la ampliación de aceras en los espacios peatonales o la creación de áreas de juego infantil, las play streets y las piazze aperte, en los lugares con menos zonas verdes.

 

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El modelo de París o Milán se aplica, cada vez más, en otras ciudades de todo el mundo. Barcelona, Londres, Nueva York o Copenague han seguido el ejemplo de priorizar a los ciudadanos frente a los vehículos y dar más espacio a los nuevos modelos de micromovilidad.

Como explica en este artículo de Dezeen el ambientalista George Monbiot: “La forma de mejorar la libertad de movimiento sin aumentar el riesgo de infección, es crear más espacio. Cerrar calles a los automóviles para que los peatones puedan usarlos en su lugar, es un buen comienzo”.

En este sentido, las bicicletas son el medio más eficiente y efectivo. Alrededor de 2.500 millones de personas en todo el mundo las utilizan para los desplazamientos diarios. Por eso, cada vez más urbes apuestan por una planificación amigable con los ciclistas.

 

 

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El experto en planificación urbana sostenible, Mikael Colville-Andersen, dijo que “fue necesaria una pandemia para que muchas ciudades comenzaran a pensar en bicicletas”. Se reasignaron espacios y el uso de este transporte se incrementó. “Las ciudades que estaban planificando infraestructuras para los próximos años lo están llevando a cabo ahora en solo unos meses”, destaca el urbanista Brent Toderian.

Uno de los ejemplos es Bogotá. La creación de 80 nuevos kilómetros de carriles bici duplicó el porcentaje de ciclistas en la capital colombiana. En Ámsterdam, con 400 kilómetros de vías exclusivas para ciclistas, el 60% de los desplazamientos en la ciudad se hacen en bicicleta. Un porcentaje similar al que encontramos en Copenhague con 350 kilómetros de ciclovías y la construcción de puentes para peatones y ciclistas, 16 en los últimos años.

Junto al despegue de la bicicleta, otras alternativas de transporte han llegado para quedarse. Los patinetes eléctricos conviven con peatones y ciclistas cada vez en mayor medida. La muestra, cada vez surgen más plataformas de alquiler de scooters, y gigantes como Lime han visto como se incrementaban sus beneficios por un uso, cada vez mayor, del scooter de alquiler.

Lo mismo ocurre con motos y coches. Lo particular ha dado paso a lo compartido. El motosharing o el carsharing son opciones que buscan su espacio en la nueva movilidad. Vehículos eléctricos de usos puntuales donde el alquiler permite despreocuparse del estacionamiento y el repostaje.

 

La micromovilidad se integra en la ciudad

Este cambio hacia una movilidad más sostenible y sana debe de llevar de la mano, no sólo las rutas habilitadas, sino toda una serie de medidas que permitan una circulación fluida y segura.

Uno de los puntos críticos son los cruces. La señalización y las intersecciones han de replantearse para no dejar a los ciclistas en medio de una jungla de tráfico.

 

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Las rutas tienen que hacer posible conectar los distintos barrios y llegar también a los centros de intermodalidad para permitir la combinación con otros medios de transporte. Y es necesario habilitar espacios para el estacionamiento de los nuevos vehículos. Parkings que forman parte del espacio urbano, que se integran en las zonas verdes o en el propio entramado de la ciudad optando por la opción subtrerránea para ganar espacio.

 

No es solo una planificación sobre el papel. La pandemia ha demostrado que una movilidad sostenible es posible. Que recuperar la ciudad para los ciudadanos no es una utopía sino una realidad que grandes urbes ya han puesto en marcha. Que sostenibilidad, innovación, salud, seguridad y economía pueden y deben ir de la mano. Y que la movilidad debe plantearse, ahora más que nunca, como un servicio.

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