El término Blue sky thinking ha ganado peso con la pandemia. En el mundo de los negocios se ha conocido bajo estas tres palabras al proceso creativo de buscar y encontrar nuevas ideas que revolucionasen los mercados. Pero con la covid-19 ha dejado de ser una terminología figurativa para encerrar la búsqueda de soluciones contra la contaminación que hagan duraderas las impactantes imágenes de cielos limpios que se pudieron ver durante el confinamiento en algunas de las grandes ciudades del planeta. La drástica caída de los niveles de polución dejó al descubierto un azul tan intenso como las nuevas generaciones nunca habían visto antes. E impulsó la sensación de que hay que repensar cuanto antes la forma en la que nos agrupamos para vivir.

El principal inconveniente cuando se aborda la búsqueda de soluciones a realidades complejas es que surgen grandes ideas que luego no tienen una aplicación sencilla y que no atajan la raíz de los problemas, porque durante el proceso no había un diagnóstico previo fiable. Sin embargo, el coronavirus y los confinamientos masivos de la población han permitido constatar de manera traumática algunas cuestiones sobre el peso de la movilidad en la contaminación de las grandes metrópolis.

“Una cosa obvia que hemos visto es que cuando la cantidad de combustibles fósiles que se queman ha disminuido, la calidad del aire ha mejorado”, explica a la revista Vogue Minwoo Son, miembro de la Unidad Global de Contaminación del Aire de Greenpeace en el sudeste asiático con sede en Seúl. “Los gobiernos deberían aprender de esta situación para sus políticas a largo plazo y cambiar los combustibles fósiles por energías más limpias. Este cambio nos proporcionará aire limpio, pero, más que eso, un clima seguro y un crecimiento económico sostenible”, recalca.

“Los ciudadanos de todo el mundo han visto que este cambio puede ser una realidad”, destaca Zoe Chafe, especialista en calidad del aire del grupo C40 de megaciudades globales en un reportaje en The Guardian. «Simplemente imagínate que te colocas en una azotea y que eres capaz de ver las montañas que rodean a tu ciudad por primera vez y piensa en lo increíble que es darse cuenta de que esto es posible».

Algunas ciudades ya han emprendido esta carrera para frenar a una lacra que, según un informe de Naciones Unidas, mata cada año a siete millones de personas. Probablemente la que se ha impuesto los objetivos más ambiciosos es Copenhague. La capital danesa planea ser una urbe libre de emisiones a la atmósfera en tan solo cinco años. Para ello, “en algunas zonas de la ciudad los transeúntes tendrán más espacio que las bicicletas y las bicicletas más que los coches”, apunta Jeppe Juul, del Danish Eco Council en el mismo texto del prestigioso diario británico.

Copenhague sostiene un pulso con Ámsterdam por convertirse en la ciudad más bicycle-friendly del mundo. Eso incluye la colocación de barras en los semáforos para que los ciclistas puedan pararse sin apoyar los pies en el suelo, zonas de take-away para café con recipientes diseñados para llevar en la bici e incluso bicicletas tipo minibús que llevan hasta seis niños a la vez al colegio.

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Pero conseguir llegar a la completa descarbonización en 2025 depende también de que consigan reemplazar los sistemas de producción de energía que impliquen la combustión del carbón por biomasa, energía eólica y geotérmica. “Desde el 2014 hasta este año, hemos reducido nuestras emisiones de dióxido de carbono en más del 50%, por lo que vamos por buen camino”, recalca la persona del gabinete del alcalde que trabaja en este tema, Mikkel Krogsgaard Niss.

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