Juli Capella (Barcelona, 1960) llegó a la arquitectura después de descubrir en su infancia que no existía la carrera de inventor. Hoy desarrolla su pasión por los objetos en libros como Así nacen las cosas, De la fregona al Airbus o Made in Spain: 101 iconos del diseño español o y exposiciones. ¡Funciono! Porque soy así es ya uno de los imprescindibles del Madrid Design Festival 2020.

Conocido por el público en general por esta labor de divulgador, desarrolla su faceta de arquitecto, urbanista y diseñador a través del estudio Capella García Arquitectura.

¿Qué se va a encontrar el público que visite “¡Funciono! Porque soy así”?

Se encontrará objetos que tiene en su casa o que utiliza en su vida cotidiana en una especie de museo y creo que eso le va a sorprender. Se preguntará “¿qué hace aquí un clip?”. O un post-it, o un bolígrafo BIC… Este es el objetivo de la exposición: darnos cuenta de que los objetos que nos rodean tienen un valor creativo muy interesante.

 

 

Es decir, que hasta en el objeto más sencillo hay diseño. ¿Damos menos valor al diseño de lo cotidiano?

Le damos poco valor porque lo damos por hecho y solo nos fijamos en los objetos cuando los necesitamos o cuando no funcionan. Nunca piensas en el abrelatas -uno de los objetos en la exposición- hasta el día que sales de excursión y te lo olvidas.

 

El desconocer los autores de estos diseños, que no sean nombres famosos, ¿influye también?

La gente asocia objetos de diseño como aquellos que han visto en las revistas y que tienen un autor conocido, como Philippe Starck o Mariscal. Pero todo está diseñado y todo tiene un autor, aunque no seamos conscientes de ello o no conozcamos su nombre. Lo relevante es darse cuenta de que detrás de cada objeto hay un diseñador que se preocupa por hacernos la vida mejor.

 

¿El ser humano podría vivir sin el diseño?

Imposible. Sin diseño el hombre vuelve a lo primitivo. No habría edificios, ni muebles, ni transporte, ni ropa… No habría hospitales, ni medicinas, ni vacunas -¡alguien diseñó la jeringuilla!-. Realmente volveríamos a las cavernas.

 

¿Los diseñadores son conscientes de su responsabilidad social derivada de la capacidad transformadora que tiene el diseño?

Hay muy pocos diseñadores conscientes de esta función social. Básicamente lo que quieren, como todo el mundo, es poder vivir de ello. A mí me interesa poner en valor a aquellos que realmente buscan solucionar los problemas de la gente.

En nuestra vida cotidiana vemos que las cosas están bastante mal hechas y esta exposición explica que con el paso del tiempo y con esfuerzo todo diseño se puede mejorar.

 

La exposición agrupa los objetos según 10 estrategias: abaratar, innovar, complementar, acelerar, multifuncionar, reducir, facilitar, añadir, estilizar y sorprender. ¿A cuales se da más importancia en estos momentos?

La estrategia principal hoy en día es tener en cuenta que cualquier nueva creación debe tener el mínimo impacto ambiental posible.  El ecodiseño debe estar en  todas de manera transversal: abaratar, complementar, acelerar… pero siempre sin perjudicar al planeta. Ya no hay lugar para un diseñador que inicie un proyecto de un objeto sin pensar que ha de reducir su carga contaminante.

Hay otra estrategia contrapuesta a esta que es la del máximo beneficio y esa es la que mueve el mundo. Lo que las empresas piden a un diseñador es que diseñe algo para ganar más dinero.

 

 

Pensamos en diseño como un binomio de forma y función. ¿Qué lugar ocupa la emoción?

El binomio forma-función es un poco antiguo y falso. No existe una fórmula que defina qué es más importante. Pero además el ser humano, que es el espectador y usuario de un objeto, es un ser emocional que a veces prefiere que una cosa funcione peor pero sea más bonita. Un ejemplo es el zapato de tacón alto: no es funcional, pero tiene una estética y unas connotaciones que hace que muchas mujeres decidan usarlos.

El factor emocional es liberador. Cada individuo es diferente y eso permite a los objetos ser diferentes a sus ojos. El descubrimiento de este valor simbólico del objeto es lo que nos hace libres y únicos.

 

¿Cómo dio el paso de la arquitectura al mundo de la divulgación del diseño?

Por curiosidad. Ante todo me considero un ser humano curioso con la capacidad de entusiasmarme y disfrutar con las historias de las cosas o de los edificios. Me gusta compartir con los demás aquello que descubro y me sorprende. Siempre me han apasionado los objetos y explicarlos a la gente de una forma diferente, a través de libros, revistas, exposiciones…

Y entre la arquitectura y la divulgación, ¿con cuál se queda?

Soy maximalista, así que me quedo con ambas y con cualquier cosa que pueda disfrutar. Cualquier actividad creativa -urbanismo, interiorismo, diseñar una exposición, escribir, pintar, dibujar- para mí es lo mismo, es crear algo que la gente disfruta (¡o sufre!). Sin embargo me fastidia la burocracia y la pasividad.

 

Su estudio es uno de los referentes del panorama nacional, ¿cómo se consigue?

El primer requisito es vivir muchos años para haber tenido mucho tiempo para trabajar. Después hay que poner pasión y rigor profesional a los proyectos. Nosotros siempre hemos hecho diseños con interés creativo, innovadores pero factibles: cumpliendo las normativas pero procurando que el resultado fuese original, especial y diferente. Además, hemos tenido la suerte de hacer proyectos internacionales, como los restaurantes para el chef José Andrés, y eso da cierta popularidad.

¿Cuál es la clave de un buen diseño?

Es imprescindible que haya un talento de base. Si no sabes coger un lápiz o no te gusta pensar de manera innovadora, no puedes ser diseñador. El diseñador tiene algo de inventor pero también algo de artista. Y después hace falta mucho trabajo, muchos intentos, y llenar mucho la papelera de ideas desechadas. Es lo menos parecido al hallazgo fortuito, al “¡tengo una idea!”. Detrás de todo proyecto siempre hay mucho talento, mucho esfuerzo, muchas horas de trabajo y, sobre todo, muchos descartes.

 

¿Qué consejo daría a alguien que está empezando en el mundo de la arquitectura?

Que lo deje. La arquitectura se ha convertido en una burocracia absurda, llena de normativas, muchas veces contradictorias, y la labor creativa se ha reducido. Ejercer hoy la arquitectura en España es un drama y se está convirtiendo en algo aburrido, por eso cada vez es más mediocre, a excepción de los grandes maestros. En otros campos del diseño, como el interiorismo o el diseño de producto, aún existe un poco más de libertad.

 

¿Qué proyectos tiene ahora en marcha que le ilusionen especialmente?

Todos los proyectos que tienes en marcha son siempre los que más te ilusionan, porque en los que están acabados ves que no lo supiste hacer mejor. Ahora estamos trabajando en dos nuevos restaurantes para José Andrés, en Chicago y en Dubai, y preparamos una nueva tienda oficial del F.C. Barcelona, tras terminar la de las Ramblas. Pero quizá los que más ilusión nos hacen son dos hoteles en Budapest y en Lisboa, donde nos encargamos de la arquitectura y el interiorismo.

¿Se ha convertido el interiorismo en un refugio de la creatividad ante el panorama gris que se presenta en el mundo de la arquitectura?

Por supuesto. En Barcelona, donde la construcción de vivienda está prácticamente paralizada, muchos arquitectos hacen interiorismo. Aunque yo nunca he considerado que la arquitectura sea hacer edificios y no interiores. Siguiendo la tradición italiana, pienso que dentro del cometido del arquitecto hay un abanico muy amplio que va desde el urbanismo hasta el objeto“dal cucchiaio alla città”-, por tanto es muy normal que un arquitecto haga interiorismo. No importa la escala, ya lo decía Mies Van Der Rohe: hacer una silla es incluso más difícil que hacer un rascacielos. En ambos casos hay que crear una estructura, buscar unos materiales, buscar una forma… Uno tiene una dimensión enorme y la del otro es más pequeña, pero es un trabajo creativo muy similar.

 

¿Cuál sería el proyecto de sus sueños, el reto que todavía no ha abordado?

Me encantaría hacer algo que no he hecho, como un centro de refugiados, un hospital o una residencia de ancianos. Arquitectura de carácter social donde notas que lo que estás haciendo tiene una repercusión real en la gente. Por ejemplo, si una escuela está bien diseñada los alumnos aprenderán mejor.

 

¿Cuál es su fuente de inspiración?

Vivir con los ojos muy abiertos y ser muy curioso. Cada persona va por la vida mirando de una manera, pero los arquitectos o diseñadores es como si llevásemos unas gafas especiales que nos hacen fijarnos en todo: en el pavimento que no desagua, en si falta una rampa, en si la papelera está mal diseñada… El método del creador es poner todo en tela de juicio constantemente, criticándolo o alabándolo. Es una enfermedad que te hace ser creativo. También me gusta leer, ver obras de arquitectura, asistir a charlas… Estás constantemente empapándote de cosas pero, sobre todo, es una actitud diferente de ir por la vida.

¿Cuáles son sus referentes en diseño?

En arquitectura me gusta mucho el organicismo, desde Gaudí a Alvar Aalto. En diseño me gusta el italiano, pero también hay grandes figuras en España, como Miguel Milá, Oscar Tusquets o Mariscal.

 

¿Con quién le gustaría colaborar?

Me encantaría poder colaborar con alguno de los grandes arquitectos contemporáneos, por la posibilidad de aprender de ellos. Desde Norman Foster, cuyo mundo tecnológico es fascinante, hasta Frank Gehry, que es todo lo opuesto, más artístico, más organicista. Siempre me ha gustado hacer colaboraciones porque es una oportunidad de aprender del otro, de “robarle” cosas.

 

Y también de que te roben.

Eso es algo que me encanta. Si te copian quiere decir que algo has hecho bien. En Madrid Design Festival daré una charla sobre copias y coincidencias en diseño a partir de la exposición Cocos, copias y coincidencias. Porque está claro que todos copiamos y a todos nos copian.

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