Arquitectura optimista: una vida relajada y ociosa desde el diseño

Las tendencias nacen de las formas más inesperadas. Durante una entrevista con El País Semanal, hablando sobre cómo los hospitales suelen ser lugares deprimentes, el arquitecto Íñigo Berasategui, que junto a Ane Arce forma el estudio BeAr, dijo que en la arquitectura también puede haber optimismo. Esa declaración llegó al titular del reportaje y, de pronto, muchos medios empezaron a hablar de arquitectura optimista y a citar a BeAr como una especie de líderes de un movimiento. 

“No sé si lo calificaríamos así…”, responde Berasategui al pedirle que defina qué es la arquitectura optimista. De lo que hablaban cuando surgió esa etiqueta era de que para su equipo era importante “intentar hacer espacios que fomentasen una vida relajada, ociosa”. También se referían a que ven la arquitectura como una herramienta con la que generar espacios que fomenten estar a gusto, que giren alrededor de una idea del disfrute. A esto se le puede llamar arquitectura optimista si se quiere, pero teniendo en cuenta que, al menos de momento, no se trata de un movimiento que haya sido reconocido con ese nombre de forma oficial. A falta de un calificativo que genere consenso, lo seguiremos utilizando en este reportaje.

 

Claves para una arquitectura optimista

¿Cómo se consiguen esos espacios centrados en el placer y en el disfrute? No hay una receta que explique paso a paso qué hay que hacer o los elementos que debe incluir sí o sí cada edificio o habitación. Como explica Berasategui, la clave está en hablar con la persona que ha hecho el encargo, establecer con ella una relación de confianza y que sean capaces de transmitir cómo les gusta vivir. “No se trata de que nos diga cómo se imagina el salón o la cocina, sino si le gusta cocinar, cómo le gusta comer, si le gusta pasar mucho tiempo en su habitación leyendo… Saber a qué le da importancia en su día a día”, relata. 

Después será el equipo de arquitectura el responsable de ver cómo se traslada todo eso a un espacio, a unos colores o a unos materiales determinados. “En ocasiones, en vez de esto, lo primero que nos cuentan es que quieren algo que han visto en otro lugar, pero no siempre va a ser lo mejor para el modo en el que les gusta vivir. Los espacios son para personas distintas, así que no deberían ser iguales. A veces parece que todos tenemos que vivir en cajitas blancas”, reflexiona.

 

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¿Hay materiales que sean especialmente adecuados para este tipo de proyectos? Berasategui sostiene que no se trata tanto de los que utilizan, sino de los que no. “No usamos material de origen plástico o no usamos materiales que imiten a otros materiales”, expone. En general, muestra cierta preferencia por los materiales que van cambiando con el paso del tiempo. “Nos gusta la madera, el mármol, el corcho… Cuando tú colocas la madera está neutra, pero si vuelves a la casa al cabo de dos años, notas dónde ha dado el sol, las partes por las que pasan los niños… Es algo que nos parece bonito y que intentamos transmitir al cliente”, explica.

En esta arquitectura optimista juega también un papel importante la sostenibilidad, entendida como “intervenir lo justo y necesario”. Antes de tirar y hacerlo todo nuevo, “hay que pensar bien en lo que está, si vale o no vale, o los materiales que vas a emplear, que deben tener un sentido y durar”.

Pone un ejemplo de proyecto del que sienten especial orgullo y que ejemplifica muy bien todo ese proceso de una arquitectura nacida de las conversaciones con el cliente. Se trata de la Casa Nahinuena, una vivienda unifamiliar en Górliz (Vizcaya) que estuvo también en el Pabellón de España de la Bienal de Venecia

 

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“El cliente se había comprado una parcela cerca del mar, y quería sobre todo un jardín porque veía la jubilación próxima en unos años y le encanta cuidar las plantas. Si íbamos a una solución convencional y colocábamos la casa sobre el suelo, en lugar de un jardín, le quedaban como dos jardineras largas. Al final decidimos poner la casa elevada, que el jardín pasase por debajo, tener toda la zona de jardín de lado a lado de su parcela. Para esto hubo que renunciar a hacer un sótano y a hacer un garaje, pero los coches se pueden mojar y, a cambio de esto, pudo tener el jardín que quería, con charca y todo”, cuenta Berasategui.

 

Arquitectura optimista en la lucha contra la uniformidad

Una de las preocupaciones más analizadas y discutidas en el mundo del diseño y de la arquitectura es que parece existir cierta uniformidad en los edificios, que eliminan en cierto modo las peculiaridades y características de la tradición local. Esta falta de variedad, que va más allá de los tipos que en arquitectura facilitan el diseño y la construcción (los elementos comunes que tienen, por ejemplo, todas las estaciones de trenes), se cuela también en los paisajes urbanos (un ejemplo son los edificios cebra) y en los interiores. 

“Hay varios factores que influyen”, señala Berasategui. “Uno puede ser que somos una sociedad con bastantes dudas, nos cuesta mucho la toma de decisiones, y nos cuesta sobre todo mostrarnos diferentes al otro”, asegura. Esto lleva a que “lo que no destaca, lo que es igual, lo que es fácil” sea lo más directo. Por eso también esa labor de pedagogía que tienen que hacer a veces -aunque cada vez menos- con sus clientes. Y es que, en ocasiones, se puede desear algo solo porque es lo único que se conoce al haberlo visto en una revista o en redes sociales.

En BeAr no están solos -ni son los primeros. en hacer arquitectura desde este otro punto de vista diferente. Entre sus referentes están la arquitecta italobrasileña Lina Bo Bardi, conocida, entre otras obras, por la Casa de Vidro (su propia vivienda). Berasategui cita también al ganador del Premio Pritzker 2026 Smiljan Radić

 

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En España destacan al estudio barcelonés MAIO y al madrileño Langarita Navarro, “porque son una generación mayor y también empezaron y hacer las cosas muy distintas a como se estilaban aquí”, detallan.

 

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Aplicar arquitectura optimista a un centro de salud

Esta filosofía de la arquitectura no es válida únicamente para viviendas, sino también para otros espacios y edificios. En BeAr consiguen muchos de sus proyectos a través de concursos públicos y uno de los más recientes es un centro de salud. ¿Cómo cambiar el aspecto y diseño habitual de un espacio sanitario para convertirlo en un lugar en el que se pueda estar a gusto? “Es muy complejo. Han sido más receptivos, por ejemplo, a dejarnos intervenir en lo que es la imagen del edificio, en las fachadas o en la volumetría.  Dentro es más complicado porque se atraviesan los requerimientos desde profesionales sanitarios, hasta de sus propios técnicos o de mantenimiento. Hemos conseguido algunos hitos como que la iluminación natural sea mucho mayor que en otros centros, que haya iluminación cenital en algunas zonas, que haya madera por distintas áreas…”, detalla. 

¿Qué etiqueta utilizar para esta visión de la arquitectura? Se trata, al fin y al cabo, de construir lugares que ayuden a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable. Y ese ver y juzgar las cosas por su lado bueno es, palabra de la RAE, la definición de optimismo.