CONEXIÓN CON… Àlex Fenollar, paisajista

Durante su infancia en la sierra de Mariola (Alicante), una zona “de huerto y de almendros y de olivos y de maíz en verano y de mucho mercado”, a Àlex Fenollar no le interesaba lo más mínimo toda la actividad agrícola de sus abuelos. Estudió Periodismo y trabajó un tiempo en publicidad y, de pronto, un día se dio cuenta de que todo eso que rechazaba de pequeño era en realidad muy bonito. Como resultado, dio un giro a su vida profesional y se hizo paisajista.

 ¿Cómo llegó el paisajismo a tu vida? 

Siempre digo que es casi como una llamada divina, tiene mucho de vocacional y de inesperado, no es un camino que sepas que existe. Para los que no venimos de familias con una herencia jardinera o paisajística, es un proceso de autodescubrimiento. En mi caso, coincidió con la llegada de mi hijo, fue un momento de reflexión donde dije: «Esta llamada que yo siento hacia la naturaleza, hacia el jardín, hacia el campo, quizá pueda ser una profesión”. Empezó, contra todo pronóstico, muy a ciegas y yo mismo tracé mi camino en un momento en el que el paisajismo vive una gran eclosión. Me llegó por vocación, por interés y porque me apasiona. Porque me parece lo más bonito del mundo.

 

Te defines como autodidacta, pero también tienes formación especializada. ¿Cómo crees que eso se mezcla o se traduce en lo que luego es tu trabajo?

Es una profesión que al principio puede ser bastante frustrante, porque descubres que existe y luego no sabes por dónde tirar. En el caso de España, se trata de algo estructural, no hay una tradición paisajística que le haya dado un cuerpo académico y una formación reglada (aunque ha empezado a cambiar).

Pero, además, esa poca definición es algo inherente al paisajismo, que es multidisciplinar y tiene muchas variables. En paisajismo hay gente de bellas artes, escritores, periodistas, hay ingenieros, hay arquitectos, hay agrónomos… Está el paisajismo más centrado en la obra civil, en las piscinas, en pavimentos, y luego hay paisajistas que hacen restauración forestal, algo muy ecológico. Hay mucho, con lo cual es muy difícil encontrar una carrera o una formación que lo aglutine todo. La parte que a mí más me interesa es la que siempre ha estado menos tratada, la de la horticultura: las plantas, el material vegetal, las comunidades, el cómo usar una paleta de especies en un contexto local.

Por otra parte, tengo también esta inseguridad y síndrome del impostor, así que acudí a varias formaciones tanto en España como en Inglaterra. Pero creo que el core de todo es el autoaprendizaje, tanto práctico como teórico. Al año se publican una barbaridad de libros de paisajismo en Inglaterra y también en otros países, y esa es la gran fuente de conocimiento.

¿Cómo se traslada ese conocimiento al contexto local en el que trabajas? ¿Cómo aplicar en otros lugares toda esa literatura pensada desde una perspectiva inglesa? 

Siempre tenemos que estar adaptando el conocimiento inglés a nuestras condiciones. Yo siempre digo que cojo el espíritu, la vocación jardinera de los ingleses: les apasiona la jardinería y hay una motivación constante por mejorar, por crear experiencias muy elevadas, por restaurar los paisajes. Ese motor es perfectamente trasladable. Luego, por supuesto, son condiciones muy diferentes, climas muy diferentes: uno tiene que aprender a poner en cuestión aquello que viene de Inglaterra. Por ejemplo, en todos sus catálogos de plantas hay algunas que se llaman drought tolerant, tolerantes a la sequía. Pero en España no tenemos que buscar plantas tolerantes a la sequía, tenemos que buscarlas amantes de la sequía. Al margen de eso, es la vocación, son las ganas, es la exhaustividad inglesa lo que hay que traer aquí jugando con otros ingredientes. Las ganas de hacer jardines inmersivos donde todo el año haya una sucesión de puentes de interés, de placer, de conocimiento… eso sí lo podemos trasladar.

 

Hablabas antes de que el paisajismo está viviendo una eclosión. ¿A qué crees que se debe?

Desde luego, el covid fue un detonante inmediato, pero ya antes había una serie de paisajistas que estaban transformando la disciplina. Los jardines han sido siempre espacios cerrados en sí mismos, había una gran diferencia entre jardín y naturaleza. El jardín muchas veces eran trazos geométricos, muy forzados, muy racionales, muy humanos en contraposición con lo natural. En el siglo XX, los jardines salen de ese caparazón y empieza a haber una integración mucho más fluida entre jardín y naturaleza. Creo que la eclosión actual del paisajismo en España y otros países tiene que ver con una necesidad de reconexión con el mundo natural de una forma domesticada y de una forma interpretada.

Aunque se podría pensar que, al tener la naturaleza como materia prima, el paisajismo es sostenible por sí mismo, esto no es así. ¿Cómo se introduce la sostenibilidad en la profesión?

Los grandes exponentes del paisajismo siguen siendo los ingleses, y el paisajismo inglés tal como lo conocemos es del siglo XIX.  El resultado era altamente natural, altamente armónico, pero suponía bestialidades como coger un pueblo entero y arrasarlo porque se interrumpían las vistas fantásticas de una gran propiedad. Se desviaban cursos de agua, se alteraba el ecosistema de una forma masiva, era una disrupción gigantesca. También hay jardines que no tienen nada de sostenible, porque hay quien dice que el jardín debe ser bello y punto, aunque haya un precio que pagar por esa belleza. 

Sin embargo, ahora los paisajistas jóvenes nacemos, crecemos y trabajamos en un entorno tan condicionado por el cambio climático, por las amenazas de todo tipo, con un futuro tan imprevisible, que somos sostenibles: no hace falta que nos pidan un jardín sostenible, lo llevamos interiorizado completamente. Además, la gracia y la fuerza del paisajismo contemporáneo es que no tiene otra forma de ser si no es sostenible. 

 

Hablas de cambio climático. ¿En qué se plasma en el ejercicio de la profesión, qué cambia? 

El cambio climático es sobre todo imprevisibilidad, los patrones son impredecibles. Es un reto constante que empuja a hacer cosas experimentales, tenemos que ir probando, ser muy flexibles y estar siempre mirando al jardín. Pero la jardinería esa mirada al jardín: es cambio, es evolución, es edición. Lo único inmutable son unas escaleras.

Eres responsable junto con Enorme Studio del diseño del Baño de Bosque, el espacio de Finsa en el Madrid Design Festival 2026. ¿Cómo desarrollasteis el proyecto?

Enorme Studio, que son amigos y colegas, me contaron esta idea de hacer una instalación efímera con producto de Finsa y usando el concepto del libro Walden, de Henry David Thoreau. Me preguntaron: «¿cómo recreamos un bosque en Madrid?”, y yo les conté que los paisajistas siempre nos inspiramos en los ecosistemas que hay en la naturaleza. Decidimos agarrarnos al concepto de bosque y sotobosque, donde hay una luz tamizada por los árboles y pensamos en una excursión por Guadarrama o por Gredos, por un bosque humanizado, por eso aparece una tarima por la que crear un sendero de bosque. Quisimos hacer una inmersión, un baño de bosque autóctono que además pudiera representar la doble inmersión en jardín y en libro, dos contextos en los que el tiempo se para. Entras estando en el mundo, pero al mismo tiempo estás separado o al menos en otro mundo.

Baño de Bosque by Finsa. Madrid Design Festival

 

¿Cuál es el proyecto del que estás más orgulloso? 

Hoy en día, creo que uno de los jardines más bonitos lo tenemos en el Baix Empordà catalán, en Girona. Es de esas raras oportunidades en las que el paisajista puede al menos intervenir en la totalidad del contexto, en la totalidad del conjunto: pavimentos, carpintería exterior, plantaciones… El contexto es delicioso también. En el Empordà hay una gran nobleza de materiales, algo muy armónico. Los clientes nos dieron libertad y queda un jardín que ha evolucionado muy bien. Tiene momentos de finales de primavera a principios de verano muy fotogénicos, muy especiales, aunque sea un jardín de escala pequeña.

¿Qué es para ti un buen jardín? ¿Qué tiene que cumplir? 

Tiene que ser coherente con el entorno, estar bien integrado. Si el entorno es bueno, fantástico, respondes al entorno y lo abres y lo replicas dentro. Si el entorno es malo, te encierras en un mundo aparte. Siempre es una respuesta al contexto. Para mí un mal jardín es el que introduce elementos que no son propios del lugar, que son una imposición de papel que luego no encuentra respuesta material, física o espiritual con el contexto.

 

¿Cómo es un día en tu vida de paisajista?

Lo bueno que tenemos los paisajistas es que oscilamos entre días muy de estudio, muy de ordenador, y luego tenemos la suerte de que también tenemos trabajo creativo y de diseño y la materialización de todo esto. Es un cambio enorme para los que antes no nos dedicábamos a nada material ni a nada que se crea, sino que todo se movía en un plano abstracto. 

Como paisajistas, una buena parte de lo que hacemos acaba siendo una realidad física que se respira, se toca, se huele. Es una suerte enorme, porque sabes que todo el trabajo y todos los jaleos en los que nos metemos acaba teniendo aunque sea un instante mágico: esa visita al cabo de un año o dos años donde entras al jardín en mayo, ha habido buen mantenimiento y dices: “todo esto ahora existe, se disfruta”.