En un contexto de ansiedad e incertidumbre, el slow travel deja de ser una etiqueta aspiracional para convertirse en un patrón de consumo medible: las escapadas se alargan y se planifican con más intención, buscando bienestar, naturaleza y vínculos culturales reales.
Las cifras apuntalan ese cambio de mentalidad. Un 63% de consumidores globales planea que su próximo viaje sea a un detour destination (un desvío hacia lugares menos masificados), y es que el 80% de viajeros solo visita el 10% de las localizaciones emblemáticas. El descanso -mental y digital- también entra en los valores clave: más de una de cada cinco personas ya prioriza viajes de ocio por autodescubrimiento o salud mental, mientras que un 24% admite desconectarse de redes más que antes durante las vacaciones. A esto se suma que crece la duración del viaje: el 41% planea vacaciones internacionales de más de cinco días (frente al 35% en 2024, según este estudio).
¿Cómo se materializan estas cuestiones en el interiorismo? Si el viaje se ralentiza, el espacio también. Toma nota de estas cinco tendencias que puedes aplicar en el diseño de tus proyectos de hospitality.
El verdadero lujo no es material, es temporal
El auténtico lujo se redefine como tiempo, silencio y calma sensorial. Los interiores invitan a bajar el ritmo, con una idea muy clara en el centro del proyecto, la desconexión digital como parte de la experiencia.
La estrategia espacial se apoya en lo táctil y lo artesanal. En lugar de superficies perfectas, aparecen materiales que evocan a la memoria: piedra en bruto, yesos texturados, cal, maderas con pátina, tejidos orgánicos, paletas apagadas que sostienen una atmósfera baja en estímulos… La artesanía funciona como ancla emocional (cerámicas hechas a mano, textiles tejidos, azulejos artesanales) y como marcador de lugar: no se trata de decorar “con estilo local”, sino de hacer visible el conocimiento material del territorio.
En planta, el hospitality se llena de micro-refugios: rincones de lectura, nidos de meditación, esquinas a la luz de las velas, baños exteriores. Son espacios de pausa programada. Y el dormitorio se trata como santuario: capas de lino, luz baja, suavidad acústica, formas curvas que amortiguan.
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La alegría del trayecto: convertir el viaje en destino
En esta tendencia, el diseño se desplaza a un lugar históricamente infradiseñado: el modo de transporte. Esto obliga a pensar el interiorismo como una secuencia cinematográfica.
La primera clave es enmarcar el paisaje: ventanas panorámicas, cubiertas exteriores, vagones mirador, techos en modalidad cielo nocturno. El movimiento no compite con el entorno; lo convierte en escena principal.
La segunda clave es fisiológica: si el trayecto se alarga, el confort pasa a ser ergonomía expandida (más posiciones, texturas blandas, luz ambiental que acompaña las transiciones del día). Aparecen soluciones de descanso real (por ejemplo, camas lie-flat en buses nocturnos) y baños más generosos, como si el diseño aceptara que el cuerpo también viaja y se cansa.
De esta forma se imprime un storytelling material: maderas, textiles, patrones y objetos que conectan la experiencia con un imaginario cultural (ferrocarril, mar, rutas históricas).
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Lujo nómada: movilidad ligera, impacto mínimo, conexión máxima
La clave está en diseñar alojamientos móviles o modulares que no sacrifiquen confort, pero sí reduzcan huella. Esta tendencia mezcla libertad y contención: experiencias autosuficientes (tipo RV, campers o tiendas “hotelizadas”) con una estética deliberadamente limpia para no interponerse entre huésped y paisaje.
Aquí manda la lógica del objeto: cada elemento debe justificar su presencia. Se prioriza el minimalismo (líneas claras, interiores sin ruido visual, almacenamiento abundante) para mantener una relación frontal con el exterior. La habitación funciona como mirador y refugio a la vez.
En lo constructivo, ganan peso los materiales sostenibles y locales, junto a estructuras modulares que minimizan impacto sobre el terreno. Y aparece un vector estratégico: colaboraciones entre marcas (hospitalidad + outdoor/RV) para crear estancias memorables sin necesidad de una arquitectura permanente.
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Artesanía de cabaña: intimidad rústica a escala hotel
Si el huésped busca privacidad y recogimiento, el hotel responde “cabinificando” su interior. Esta tendencia traslada señales domésticas de la vida en cabaña a proyectos de mayor escala: cubiertas a dos aguas reinterpretadas, áreas de descanso rehundidas, madera trabajada a medida, rincones que construyen sensación de resguardo incluso en un edificio grande.
La atmósfera se construye con carpintería y detalles de oficio: ebanistería a medida, ensamblajes visibles, objetos analógicos o antigüedades rústicas. La materialidad subraya lo local y bajo en carbono: revestimientos de piedra, panelados de madera, yesos de cáñamo.
Pero la cabaña contemporánea no renuncia a lo panorámico: ventanales de suelo a techo crean inmersión en naturaleza sin perder intimidad. Es un equilibrio fino: abrir para mirar, cerrar para sentirse a salvo.
Como telón de fondo, aparece la modularidad en madera (CLT) para redefinir la cabaña como tipología replicable y personalizable: un sistema que permite desplegar retiros con estética contenida y prestaciones hoteleras.
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Hospitalidad rural con manos en la tierra
En la última tendencia se mezclan el encanto rústico con agroturismo y experiencias de oficio (cosechar, recolectar, cocinar, conservar…). Y eso reescribe el programa interior: aparecen cocinas utilitarias, garden rooms, paredes-herramienta, mudrooms, talleres; espacios pensados para ensuciarse un poco -y disfrutarlo-.
La estética es humilde pero cuidada: maderas recuperadas, piedra, terracota, cubiertas vegetales, carpinterías a medida. Lo importante es que no parezca una escenografía nueva: se buscan superficies usadas, pátinas, patrones vintage, mezclas eclécticas que construyen casa antes que hotel.
La artesanía vuelve a ser lenguaje común, pero aquí con un matiz: no tanto como lujo silencioso, sino como identidad y singularidad (cestería tejida a mano, patchwork, bordados, acabados pintados o uniones artesanales). La hospitalidad se vuelve una extensión de la cultura material del lugar, y la mesa -especialmente al aire libre- opera como dispositivo social para compartir territorio y temporada.
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