Diseñar desde el territorio: el futuro de los biomateriales de cercanía

El mundo del diseño ha entendido que no solo basta con emplear biomateriales (o materiales derivados de fuentes biológicas) para crear soluciones respetuosas con el medioambiente. También tienen que ser de cercanía.

La idea de los biomateriales de kilómetro cero introduce una lógica más precisa: no se trata únicamente de reducir el impacto ambiental en términos de composición, sino de repensar toda la cadena de producción, desde el origen de la materia prima hasta su transformación y uso final. Es un cambio de escala que conecta el objeto con su territorio. Los materiales de cercanía no solo reducen la huella de carbono por transporte, sino que también impulsan la economía circular y el tejido productivo del entorno.

En este contexto, el trabajo de la diseñadora Julia Stekeete emerge como un caso paradigmático. Su estudio de diseño, Bagaceira, investiga nuevas aplicaciones para materiales de base biológica y propone una reflexión más amplia sobre la procedencia y el recorrido de aquello que diseñamos.

 

De la elección del material a analizar su ciclo de vida

Su enfoque pone en cuestión una de las simplificaciones más extendidas en el discurso ecológico: la idea de que la sostenibilidad se resuelve en la elección del material. Para ella, el verdadero indicador está en el análisis completo del ciclo de vida. “Es muy importante tener en mente la distancia entre la materia prima, el lugar de fabricación, y el cliente final, pero también la energía que gastas entre cada paso”, destaca. “Cuando hablamos del análisis del ciclo de vida estamos midiendo el impacto del carbono en cada paso. Yo creo que eso es más importante que la distancia en sí”, subraya.

Durante sus primeros años como estudiante de diseño de mobiliario, su interés por los materiales era casi intuitivo, alimentado por su curiosidad: ¿de dónde viene el lino?, ¿cómo crece?, ¿cómo se transforma en fibra? Esa curiosidad inicial derivó en una investigación más profunda durante su máster en diseño e investigación de materiales en ELISAVA, el Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña, donde comenzó a trabajar con micelio y algas.

“Quería entender cómo dar valor a los materiales y prolongar su vida”, recuerda. En ese proceso descubrió el potencial de los biomateriales no solo como sustitutos, sino como agentes activos en la captura de carbono durante su crecimiento.

Julia Stekeete

 

El origen de Bagaceira 

El punto de inflexión llegó en Brasil. Allí, Stekeete entró en contacto con el bagazo de la caña de azúcar, un subproducto abundante y, paradójicamente, infrautilizado. La caña de azúcar, uno de los cultivos más extendidos del mundo, genera enormes cantidades de este residuo tras la extracción de su jugo. A pesar de su capacidad para almacenar carbono y su carácter renovable, el bagazo suele ser desechado, quemado o abandonado, contribuyendo a la emisión de gases de efecto invernadero.

La pregunta que surgió entonces fue: ¿por qué no transformar ese residuo en un material duradero? Sin embargo, al trasladar el proyecto a España, apareció una contradicción clave. Importar bagazo desde Brasil anulaba gran parte del sentido del proyecto. La solución exigía un replanteamiento radical: encontrar una fuente local.

El proceso no fue inmediato. Durante un tiempo, la diseñadora recolectó pequeñas cantidades de bagazo en restaurantes brasileños, en un ejercicio casi artesanal. Pero la escala era insuficiente. La respuesta llegó en el sur de España, donde las condiciones permiten el cultivo de especies tropicales, como la caña de azúcar. “Hay un microclima entre la Sierra Nevada y la Costa de Granada donde crecen plantas tropicales porque hay mucha humedad y temperaturas más altas”, detalla. Se tienen registros del cultivo de caña de azúcar en la zona de Granada desde el siglo X.

Así que allí, en colaboración con una fábrica de ron de producción artesanal que cultiva su propia materia prima, Stekeete encontró un suministro estable. “Estamos trabajando con una fábrica de ron que tiene una producción más artesanal, un producto de alta calidad y cultivan el 100% de su caña aquí y crean mucho bagazo, así que estamos usando esto como materia prima”, destaca la diseñadora.

Julia Stekeete

 

Materiales de construcción y mobiliario de bagazo de caña de azúcar 

A partir de ese bagazo, el proyecto ha evolucionado hacia aplicaciones que trascienden lo experimental. En colaboración con investigadores de la Universidad de East London e Igor Barboza, cofundador del estudio Bagaceira, Stekeete trabaja en el desarrollo de materiales de construcción, así como de objetos de mobiliario, especialmente paneles acústicos y lámparas. “Hemos conseguido un material que absorbe muy bien el sonido del ambiente”, señala.

Más allá de sus propiedades técnicas, estos objetos encarnan la posibilidad de que los residuos agrícolas se integren en los espacios contemporáneos, no como una solución de compromiso, sino como una elección estética y cultural.

Uno de los grandes retos que plantean los biomateriales de cercanía es cómo escalar su producción y cómo conseguir que tengan un mayor rendimiento. “Cualquier biomaterial tiene que competir con todos los plásticos que hemos inventado a lo largo de los años. Estos son maravillosos cuando hablamos de rendimiento, pero son muy contaminantes”, advierte.

La madera puede ser, en su opinión, un buen ejemplo de biomaterial de cercanía: “la madera maciza es un material increíble y cada vez estamos consiguiendo más con este recurso”, opina, si bien incide en que se debe insistir en una gestión forestal que garantice el respeto al origen.

En este escenario, los residuos agrícolas aparecen como una alternativa especialmente prometedora. A diferencia de otros recursos, no requieren una producción adicional: ya existen como parte inevitable de nuestros sistemas alimentarios. Su aprovechamiento no solo reduce desperdicios, sino que introduce una lógica circular en la que el diseño se convierte en un eslabón más del ecosistema. “Muchas veces estos residuos se queman o no se aprovechan. Creo que tienen un gran potencial”, señala.

 

Más innovaciones con residuos de cercanía

El trabajo de Stekeete no es un caso aislado. Iniciativas como Agro Biomaterials, nacida en Andorra, exploran caminos similares al transformar residuos orgánicos de cercanía (pulpa de frutas, verduras o subproductos vegetales) en bioplásticos sostenibles. Su trabajo combina diseño, experimentación y economía circular: recogen estos residuos, los procesan con ingredientes naturales y los convierten en nuevos materiales que pueden usarse en packaging, objetos o proyectos de diseño. Además, no solo producen materiales, sino que también enseñan a crearlos mediante kits y talleres, fomentando que cualquier persona pueda reutilizar sus propios residuos y participar en un modelo más local y sostenible.

Por su parte, proyectos como Rebiq amplían el espectro al incorporar residuos industriales y orgánicos en el desarrollo de nuevos materiales. A través de la colaboración con empresas, analizan desechos como botellas, bagazo de cerveza o cáscaras de frutas para convertirlos en biocerámicas o materiales similares a la piedra, capaces de integrarse en el diseño, la decoración o la industria. A partir de estos residuos, desarrollan productos como biocerámicas o materiales tipo “piedra” (como su material Biolithos), que pueden utilizarse en diseño, decoración o industria.

Más allá de su impacto ambiental, los biomateriales de cercanía introducen una dimensión cultural que redefine la práctica del diseño. Cada material cuenta una historia vinculada a un territorio, a un clima y a una comunidad productiva. En este sentido, diseñar con materiales locales es también diseñar con memoria. El objeto deja de ser un elemento aislado para convertirse en un punto de encuentro entre geografía, economía y cultura. En un mundo globalizado, la verdadera innovación puede estar en volver a mirar lo que tenemos cerca.