Barack Obama. Christopher Pissarides (Premio Nobel de Economía en 2010), Finn Kydland (Nobel de Economía en 2004), Barry Barish (Nobel de Física en 2017) y Dasho Karma Ura (ministro de la Felicidad del Reino de Bután) son algunos de sus más insignes defensores. La economía circular comienza a imponerse en todos los niveles de la sociedad y la industria como la única salida viable al mundo consumista que hemos ido moldeando con el paso de los siglos.

La hasta ahora inamovible teoría del “usar y tirar” empieza a ceder terreno inexorablemente a favor de una manera de hacer las cosas mucho más lógica y atractiva: la que respeta la naturaleza y le ayuda a cerrar el ciclo de la vida. Los objetos que fabricamos deben llevar consigo la garantía de que, una vez agoten su vida útil, pueden regresar al lugar del que salieron o, por lo menos, no seguir llenando de residuos incombustibles e irreductibles el finito planeta en el que vivimos.

Economía circular: ¡más madera!

Con esa idea, la de optimizar los recursos naturales que tenemos y reducir la cantidad de residuos que generamos, la propuesta de la economía circular se ha hecho un hueco fundamental en los procesos de producción de medio mundo. Y, dentro de estos, la madera se erige como uno de los actores fundamentales de esta ecuación. En una economía hipocarbónica y circular en la que se prima y fomenta el empleo de materias primas renovables, reutilizables, biodegradables y reciclables, la madera se convierte en uno de sus mayores aliados, por su versatilidad y su papel irremplazable en el medio ambiente.

Su coherencia es tal que resulta sencillo disipar posibles temores acerca de los riesgos de deforestación que conlleva su utilización como uno de los ejes centrales de la economía del futuro. Potenciar y reforzar la gestión sostenible de los recursos forestales tiene efectos positivos tanto a corto como a largo plazo para las zonas en las que se ubican: genera sinergias económicas positivas, ayuda a prevenir el riesgo de incendios, y genera puestos de trabajo y otros efectos colaterales en el entorno rural, contribuyendo así a combatir el proceso de despoblación que están experimentando desde hace décadas. Y también para aquellas más lejanas, pues ayudan a garantizar la preservación de los bosques a largo plazo.

Las cifras en este sentido son rotundas. España, asegura en un documento el Foro del Papel, “es ya, de hecho, una potencia forestal: somos el cuarto país de Europa con más superficie forestal, solo por detrás de Rusia, Suecia y Finlandia. En nuestro país se plantan muchos más árboles de los que se cortan: el crecimiento anual de la madera es de 46,3 millones de m3 con corteza y las cortas anuales para todos los usos se limitan a 15,5 millones de m3 sin corteza (el 33% del crecimiento anual). De hecho, la superficie forestal en España está creciendo: de 13,8 millones de hectáreas en 1990 a los actuales 18,2 millones de hectáreas, según datos de Ministerio como Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente”. Es más, la industria maderera supone la máxima garantía para la conservación de la masa forestal de nuestro planeta.

Economía circular

El propio origen de la madera es la que la hace tan importante para este cambio histórico que está experimentando la economía, tanto a nivel micro como macro, mundial. “La madera es el resultado del proceso de fotosíntesis, a través del que los árboles utilizan la energía del sol para captar CO2 de la atmósfera y convertirlo en madera, alimentándose de este modo para crecer”. “Las 487.510 hectáreas de plantaciones para madera existentes actualmente en nuestro país almacenan 31,8 millones de toneladas de CO2 equivalente. Son por lo tanto grandes sumideros de CO2 que ayudan a frenar el cambio climático. El carbono almacenado en las plantaciones permanece en los productos papeleros y el plazo de almacenamiento se va alargando con el reciclaje”.

De hecho, “la madera se puede obtener ahora y se podrá obtener en el futuro, de bosques gestionados de forma sostenible”, según señalaba ya en diciembre de 2016 el presidente  de la Federación Europea de Fabricantes de Palés y Embalajes de Madera (FEFPEB), Rob Van Hoesel, quien añadía que “en el conjunto de la UE, las reservas de madera están aún en aumento y la mayoría de los bosques se gestionan de forma sostenible bajo los esquemas de certificación FSC o PEFC. Este simple hecho marca la diferencia con respecto a otros materiales como los metales o el plástico”.

Economía circular: un círculo regulado

La realidad de la llegada de la economía circular requiere de un marco legal que lo ampare y en el que desarrollarse para lograr un espacio propio que le otorgue la estabilidad y protección necesaria. La Unión Europea es consciente, y prueba de ello es que el Parlamento Europeo (PE) aprobó en abril varias normas relacionadas con la economía circular que buscan la mejora de la gestión de residuos con vistas al beneficio del medio ambiente y la salud humana.

La madera se está convirtiendo así en un actor imprescindible dentro de la economía circular, principalmente en el sector de la construcción, en el que juega un papel fundamental. La construcción cada vez más sostenible y la eficiencia energética son dos de las grandes consecuencias y, al mismo tiempo, causas de este nuevo sistema económico. Las características de la madera la convierten en la mejor opción para ahorrar energía durante la vida útil de un edificio y mejorar su aislamiento térmico.

La infinidad de opciones que ofrece este material y los beneficios que reporta a todos los sectores económicos se amplía si se aprovechan sus ventajas con un correcto procesado. “En la descomposición biológica, ya sea natural o en procesos de fermentación controlados, el material se descompone en fases por microorganismos, como bacterias y hongos, que extraen la energía y los nutrientes de los hidratos de carbono, grasas y proteínas que se encuentran en el material. Por ejemplo, pasar del árbol al horno priva del valor que podría obtenerse mediante una descomposición en fases, mediante usos sucesivos como madera y productos de madera antes de su deterioro y eventual incineración”, explica la Fundación Ellen MacArthur.

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