Hasta hace unos años, los modelos de formas de habitar presentes en el imaginario público eran muy limitados. Se vivía en familia, en pareja, en solitario o -especialmente durante la juventud- compartiendo una vivienda con amistades o personas desconocidas. Poco a poco, unido a los cambios sociales y al contexto económico, se han ido popularizando otras alternativas cuyos nombres son cada vez más conocidos.
Una de estas modalidades son los colivings, espacios con zonas privadas y áreas comunes, pensados para personas que teletrabajan y que normalmente se alquilan por temporadas. Frente a los más comunes, situados en ciudades, poco a poco han ido apareciendo también algunos ejemplos de un modelo distinto: el coliving rural.
“No paraba de leer noticias de la España vaciada y la Galicia vaciada, hablando de que el rural se estaba muriendo”, cuenta Agustín Jamardo, responsable junto a su socia y pareja África, de Anceu Coliving. Esa lectura de noticias, unida a su propia experiencia viajando y viviendo en espacios similares, fue la semilla para su proyecto, que abrió en 2020 y por el que han pasado ya “unas mil personas de 40 nacionalidades”. En vez de montar un coliving en una ciudad, lo hicieron en una aldea para contribuir a su revitalización y luchar contra esa narrativa de que en las aldeas nunca pasa nada.
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Características de un coliving rural
¿En qué consiste exactamente un coliving rural? Jamardo explica que, en su caso, se trata de un espacio para personas teletrabajadoras y personas creativas, un lugar en el que vivir durante estancias de entre uno y tres meses. “Las personas teletrabajadoras suelen dedicarse a sus propios proyectos, ya sea por cuenta propia o por cuenta ajena. En cuanto a las creativas, tenemos para quien quiera un taller en el que realizar temas algo más ‘sucios’, como pintar, algo de madera, etc.”, señala.
Para dar cabida a estos tipos de público, el espacio es importante. Anceu Coliving está en Anceu (Pontecaldelas) no porque sus impulsores fuesen de ahí o tuviesen algún tipo de relación con la aldea, sino porque encontraron la infraestructura perfecta: un antiguo hotel rural con restaurante que, con muy poca reforma, se adaptaba a la perfección a su nueva identidad como coliving: tenía diez habitaciones ya montadas, zona de comedor, cocina industrial y tres edificaciones adyacentes que reconvirtieron en espacios de coworking (eran comedores). “Con un pequeño lavado de cara, pudimos abrir muy pronto”, sostiene Agustín Jamardo.
En cuanto a la elección de distintos materiales y los cambios que fueron haciendo, el responsable de Anceu confiesa que él es una persona muy pragmática, centrada en lo funcional. “Cuando abrimos, había camas y había mesas, no necesitábamos más”, recuerda. Las casas son de piedra y los tejados de madera y, en las pocas reformas que han hecho (cambio de ventanas, un tejado nuevo…) han mantenido los mismos materiales.
Además, tanto Anceu como otros coliving rurales como Sende (en Senderiz, Ourense), pioneros en Galicia y ahora con una segunda ubicación en Portugal, insisten en otro detalle importante para cualquier persona teletrabajadora que esté pensando en irse una temporada a alguna aldea más o menos remota: la conexión a internet es muy buena.
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La importancia de la comunidad local
Quizá una de las mayores diferencias entre los colivings urbanos y los rurales sea la importancia que en estos últimos se le da a mantener una relación con la comunidad local, a estar en la aldea formando parte de ella. Agustín Jamardo cuenta que ellos quisieron desde el primer momento dejar clara esa intención: la primera persona a la que contrataron era “nativa de Anceu, vive en Anceu y sigue trabajando con nosotros”.
También querían pelear contra esa idea de que en las aldeas nunca pasa nada, de que si quieres cualquier tipo de oferta cultural o creativa tienes que irte a una ciudad. Así, desde 2022 (antes era más complicado por las restricciones de la pandemia) organizan eventos y actividades en los que se interactúa con la aldea. “Solemos traer a personas creativas residentes creativas, que hacen cosas como murales o talleres de escritura creativa o de tintes naturales. A veces hay gente que está en el coliving que se une, pero lo importante es la gente de la aldea. Se revitaliza el rural y se convierte en un lugar más atractivo”, asegura. No es una afirmación abstracta: desde que empezaron, seis personas que pasaron por el coliving se han mudado a Anceu. “En una aldea de 90 habitantes eso significa que ha crecido un 7% la población”, señala.
Son historias como la de Ana, una chica de Alcalá de Henares que, tras vivir en el coliving año y medio, compró el traspaso de un proyecto de venta ambulante de libros (La Furgolibro) y lo combina con una serie de actividades llamada La imaginaria, una comunidad offline a través de los libros. “Está haciendo actividades por toda la zona. La gente se junta y habla de libros”, señala Jamardo.
Otro caso es el de Víctor, que era profesor de inglés online y vivió seis meses en el coliving, donde acabó estando de forma gratuita a cambio de abrir la Casa do Pobo tres veces a la semana. “Así conoció a gente del pueblo, se hicieron muy amigos y le ofrecieron una casa que no estaba en alquiler, que era el antiguo bar del pueblo. Ha montado allí un gimnasio y creado un club de baloncesto. Antes Pontecaldelas no tenía club de baloncesto”, añade.
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Estos ejemplos sirven para mostrar una esa diferencia clave con los colivings urbanos, a los que a veces se tacha de centros gentrificadores y culpables en parte de las subidas de precio de la vivienda. En el rural, el coliving no existe sin una relación estrecha de colaboración y comunidad con el vecindario, la gente de la aldea. La propia Xunta de Galicia ha visto el potencial de este tipo de iniciativas y las impulsa desde 2024 a través del programa Fixar.
Ese espíritu de comunidad trasciende además las fronteras de la propia localidad en la que se ubican y une a los distintos colivings rurales entre ellos. El responsable de Anceu cuenta que tienen mucha relación con Sende y también con iSlow, otro proyecto de coliving en la Costa da Morte. “Son contextos diferentes, Sende es una aldea de ocho habitantes, pero compartimos valores y esas ganas de revitalización del rural. La comunidad es el valor añadido que tenemos los colivings con respecto a las casas rurales”, concluye.
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Quizá uno de los secretos para evitar que las aldeas se vacíen sea que empiecen a pasar cosas. Y que algunas de las personas (normalmente, de entre 25 y 45 años) que pasan una temporada en un coliving rural decidan hacer del pueblo en cuestión su residencia permanente.

