CONEXIÓN CON… Alberto Fesser, presidente de La Fábrica, Premio Nacional de Diseño 2026: “el diseño no es un adorno que pones al final. Desde el principio todo tiene un sentido”

Alberto Fesser y Alberto Anaut se conocieron con seis años, en el patio del colegio, y desde entonces fueron amigos. Sus carreras profesionales los llevaron por caminos distintos: Fesser se dedicó a la consultoría empresarial y Anaut se hizo periodista. Pero hace 30 años, a este último «se le metió en la cabeza que había que hacer proyectos culturales, que no podíamos conformarnos con la programación que había», recuerda Fesser. Así que llamó a su amigo y juntos montaron La Fábrica, que acaba de ser reconocida como Premio Nacional de Diseño 2026 en la categoría de Empresa. Conectamos con Alberto Fesser, presidente de La Fábrica desde el fallecimiento de Anaut en 2023, para hablar sobre por qué el diseño tiene mucho que ver con la gestión cultural.

Al pensar en diseño, lo más común es imaginar objetos o algo gráfico, pero vosotros sois una empresa de gestión de proyectos culturales. ¿Os sorprendió ser Premio Nacional de Diseño?

Esa es nuestra grata sorpresa, que pensando en dar un premio de diseño se fijen en nosotros. No es la primera vez que nos pasa, hace unos años nos otorgaron un premio LAUS con una argumentación parecida: que somos una empresa que ha sabido entender que el diseño era una herramienta estratégica para llevar a cabo su proyecto. Para el Premio Nacional de Diseño en la categoría de empresa (¡hay muchas más!), lo que todos pensaríamos es que se van a fijar en una empresa que produce, fabrica o vende diseño. Una que hace muebles, que hace lámparas… Que de repente se fijen en una empresa que no vende ningún producto físico, pero que sí ha hecho del diseño una estrategia para llevar a cabo sus objetivos nos parece que está muy bien visto y que es muy bonito. 

 

Hablas de hacer del diseño una estrategia. ¿Qué significa exactamente?

Cuando estábamos pensando en crear un festival de fotografía, lo que luego fue PHotoESPAÑA, pensamos que a los primeros a los que se lo tendríamos que contar sería al Ayuntamiento de Madrid, al Ministerio de Cultura y a Telefónica, y nos pusimos a escribir un dossier para contarles lo que queríamos hacer. En un momento dado yo le digo a Alberto: “Este dossier ¿cómo lo vamos a presentar? ¿con un canutillo?”. Yo venía de hacer informes cutres, lo importante era el contenido y lo otro daba igual. Pero Alberto no lo vio así, dijo que había que presentarlo como Dios manda, invertir y perder un poquito de tiempo en hacerlo bien. Así que empezamos por hacer la imagen del festival. 

El día que vamos al Ayuntamiento de Madrid a decirles que vamos a hacer un festival de fotografía, vamos ya con un dossier, con una carpeta, con una papelería, con una tarjeta de visita a presentar PHotoESPAÑA, que es un proyecto que ya es una realidad, que ya va a ser el año que viene en el mes de junio, y ˝si usted se quiere sumar bien y si no, se lo pierde». Vas a presentar algo que ya ha nacido, que ya es real. Desde el principio pensamos que el diseño no es solo el envoltorio, la imagen o cómo presentas algo. Es más todavía, es una actitud. 

En la puerta de La Fábrica hay un letrero en el que pone “Nada da igual». Quiere decir muchas cosas, porque lo puedes leer a muchos niveles. Hay uno, el más básico, que es el cuidado de los detalles. Pero hay otra lectura que a mí me parece más interesante, que es que los proyectos culturales que hacemos no los hacemos porque sí. Los proyectos culturales tienen una finalidad, tienen un impacto social, tienen una repercusión. Si tú trabajas con esa actitud, el diseño no es un adorno que pones al final. Desde el principio todo tiene un sentido, todo es por algo. 

 

Ahora con la IA y la proliferación, por ejemplo, de cartelería que no ha diseñado una persona sino un bot, en ocasiones parece que lo de dedicarles tiempo a las cosas está casi pasado de moda.

Yo creo que nada es más rentable, más útil, te ahorra más tiempo, más dinero y te mejora más el resultado que pararte a pensar lo que estás haciendo antes de hacerlo. Pero es verdad. Yo ya tengo muchos años y al equipo de La Fábrica cada vez le saco más años de ventaja. Creo que los más jóvenes son un poco más atolondrados en este sentido de lo que a mí me gustaría, que son menos reflexivos porque les parece que todo es inmediato. El otro día cogí un taxi para un trayecto que era todo recto, pero el conductor me insistía en saber el número para ponerlo en el navegador, porque así no tenía que pensar. Me llamó la atención un señor que considera una ventaja no tener que pensar porque «ya va a pensar esta máquina por mí». Eso es lo que me parece un poquito inconveniente de la inteligencia artificial, esa cosa de que nos viene a resolver problemas que no teníamos. 

 

En 30 años hay muchas cosas que han cambiado y muchas que seguirán iguales en el mundo de los proyectos culturales. ¿Qué dirías que es distinto para vosotros y qué seguís haciendo exactamente igual?

Me acuerdo de otra anécdota. Cuando en La Fábrica empezamos a crecer, a Alberto se le ocurrió que había que escribir el Libro Blanco de La Fábrica, donde explicamos la filosofía general del proyecto con la idea de compartirlo con colaboradores y clientes. Lo hicimos un tiempo y luego cayó en el olvido. Hace unos pocos años, nos acordamos y decidimos rescatarlo. Pensábamos que se habría quedado completamente desfasado y que habría que reescribirlo. Pero la sorpresa fue que servía al pie de la letra. 

En 30 años han cambiado muchísimas cosas. Ha cambiado el panorama cultural, que ha evolucionado mucho a mejor (hay más oferta, más diversa y descentralizada). La sociedad tampoco es la misma. Y ha pasado todo lo de la digitalización, que ha cambiado la comunicación de los proyectos. Pero en esencia todo es lo mismo. Creemos que la cultura tiene un potencial transformador enorme. ¿Cuál es nuestra razón de ser, para qué hacemos esto? Para que los creadores puedan hacer su trabajo y sobre todo para que ese trabajo de los creadores llegue a la gente y no solo a los cuatro culturetas de siempre que ya están en la base de datos.

 

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¿Hay algún proyecto de todos estos años del que te sientas especialmente orgulloso?

Es como preguntar si quieres más a papá o a mamá, pero si tengo que elegir, me quedo con nuestro máster. Hemos puesto en pie hace más de una década un Máster La Fábrica de proyectos culturales, que tiene un lema que es “te enseñamos cómo lo hacemos”, y literalmente es eso. Para mí tiene un sentido muy bonito de pasar el testigo, de decir: “Oye, llevamos 30 años haciendo cosas y hay mucha gente que quiere también hacer cosas, vamos a ayudarles, vamos a facilitarles nuestra experiencia, nuestros contactos, nuestra manera de hacer, por si les ayuda, por si les inspira, por si les sirve”. Ahí no regateo tiempo: le dedico a cada estudiante todo el tiempo que me pida. Es algo que me toca un poquito el corazón. 

 

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Madrid Design Festival cumple diez años en 2027. ¿Qué valoración hacéis de este evento?

El festival es un proyecto a largo plazo, así que sus diez primeros años son unos primeros pasos hacia unos objetivos muy ambiciosos: Poner a Madrid en el mapa internacional del diseño, vertebrar al sector fomentando la colaboración y hacer ver a empresas, administraciones, medios y ciudadanos que, como dice el lema del festival, el diseño puede cambiar el mundo.

 

Eres presidente de La Fábrica desde la muerte de Alberto Anaut en 2023. ¿Cómo ha cambiado tu labor en este nuevo rol? 

Alberto era un gigante, era una figura irrepetible por su talento, por su capacidad de trabajo, por su magnetismo. En ese sentido, la organización de La Fábrica ha cambiado un poco porque él llegaba a tantas cosas que ni yo ni nadie humano le podía sustituir. Ahora la organización es un poco más compartida y a mí me ha tocado ser presidente. De alguna manera nos empeñamos en que todo siga igual y que todo siga con el impulso que Alberto nos dio, porque nos dejó cuerda dada para muchos años. Cada vez que inauguramos un nuevo proyecto, cada vez que algo sale bien, pensamos: “otra cosa que le sale bien a Alberto”. Pero sí que he notado que me toca mucho más dar la cara. A mí ahora me invitan a muchas más cosas, me toca muchas veces más ponerme la corbata que justo un año antes. Pero lo hago con gusto. 

 

¿Qué ejemplo te viene a la cabeza cuando piensas en algo bien diseñado?

No te voy a decir la pinza de la ropa, que es lo que siempre se dice, pero es verdad que cuando te encuentras algo que está bien diseñado, a mí me da paz. Y lo contrario, cuando ves algo que está mal diseñado, yo no estoy a gusto. Creo que el buen diseño no solo es la funcionalidad, es que te provoca la sonrisa. Es que ves este lápiz y te pones a escribir aunque no tenías nada que escribir, porque te atrae, te invita a hacerlo. El diseño tiene esa cosa de que te hace todo confortable, y estando confortable tú puedes hacer lo que tengas que hacer: puedes trabajar, puedes pensar, puedes disfrutar. Para mí es un elemento más del entorno, del orden de las cosas, del equilibrio, de la armonía que te hace sentirte bien. 

 

¿Qué te inspira en el día a día? 

Un amigo mío, Telmo Rodríguez, que se dedica a hacer unos maravillosos vinos, una vez me dijo: “Es que el éxito es un fracaso». Me pareció genial. El éxito es un fracaso en el sentido de que te hace conformarte con que lo que has hecho está bien y por lo tanto se convierte en una rutina. Y la rutina va derechita al fracaso. 

A mí lo que me inspira y lo que recomiendo que haga todo el mundo es no ensimismarse, no pensar que eres el más listo porque, por ejemplo, te han dado el Premio Nacional de Diseño. Hay que salir a la calle, hay que visitar las cosas, hay que ver los proyectos de los demás, hay que escuchar a la gente, hay que ir en el metro para ver quién va en el metro y qué está pasando. Hay que viajar. Sobre todo, hay que estar todo el día con los ojos abiertos.